Las calles están engalanadas, es la semana grande de
la religión católica, los fervorosos devotos de la iglesia preparan la salida
de los pasos, limpian y cuidan las estatuas que en unas horas deben pasear por
las calles mientras miles de creyentes y turistas jalean, cantan y se emocionan
al ver a su santo, a su virgen, a su cristo.
La pasión por estos días trasciende lo social y lo ,quizá,
humanamente concebible, familias enteras gastando mucho dinero en ropas y
preparativos para la celebración, algunos incluso preparan sus privilegiados
balcones y le ponen precio para gentes que sin ningún tipo de miramientos
dejaran miles de euros en sus cuentas.
Una parafernalia alejada del todo en lo principal,
en lo único que a ello les convoca, la celebración de la muerte y resurrección
de Cristo, de la pasión del hijo de dios.
Entre la muchedumbre de la calle, una figura avanza
con paso cansino pero firme, es un chico de unos treinta años, va vestido con
unos vaqueros rasgados y una sudadera azul desgastada con una capucha que
esconde su cabeza, de ella tan solo su barba desaliñada trasciende a la mirada
de los viandantes que le observan pasar entre ellos con mirada de
desaprobación, el chico se para ante la puerta de una iglesia, la mira y se
adentra en ella, está llena de feligreses, normal en viernes santo, todos
vestidos con sus mejores ropajes y repeinados de peluquería, la iglesia rezuma
fragancias de todo tipo , de perfumes y colonias que se entremezclan entre las
personas.
El chico camina hacia el altar con decisión,
observando a la gente, en uno de los bancos una niña de unos tres años alarga
su mano para tocarle, el chico se detiene y le sonríe, se quita la capucha
dejando ver su cabello largo y despeinado, alarga su mano tocando a la pequeña
que se ríe, la madre observa la escena y sin aspavientos aparta a su hija del
joven sonriéndole, enmascarando el miedo que le produce y la desazón que le
provoca verlo allí de pié mirándola, el chico después de hacerle una pequeña
reverencia continua su camino hacia el altar, sube un par de peldaños que le
elevan sobre el resto de los feligreses y se queda mirando una enorme cruz que
preside la iglesia, de madera maciza muy cuidada, y un Cristo crucificado
tallado, pulido y perfilado por las mejores manos del momento, sonríe mientras
sus ojos se humedecen, en ese momento el sacerdote responsable de la iglesia se
acerca a él alarmado, pensando que quizá es un perturbado.
-Hijo, siéntate, la misa va a comenzar- Le habla
sosegadamente, sin elevar la voz, para no molestarle.
El chico sin dejar de mirar la cruz le contesta.
-Decidme padre, ¿a quien venerais?
El sacerdote hace una señal a un monaguillo que
observa desde los pies de la escalera y este sale de la iglesia.
-A Cristo hijo, a Cristo y a su padre nuestro señor.
El chico se gira mirándolo, sus ojos marrones
humedecidos se clavan en el alma del sacerdote que experimenta un escalofrío
que lo deja inmóvil.
-¿Es ese el hijo de dios?
El sacerdote titubea después de tragar saliva.
-Esa es la representación de nuestro señor crucificado,
hijo, ¿Qué te perturba?
-Tantas son las cosas que me perturban, quizá las
mismas que me hicieron un día dudar de mis hermanos.
De la bancada un hombre grande y fornido se levanta
y se dirige Hacia el altar, se para a los pies de la escalera, lleva una gran cruz
de oro colgada de su cuello.
-¿Algún problema padre?
El chico lo mira y se acerca a él atraído por la
cruz, el hombre lo observa a la defensiva.
-¿Es esa la representación de Cristo para ti,
hermano?
El hombre se mira la cruz de oro, la coge y la besa
escondiéndola después tras su jersey.
-¿Estas pirado muchacho? Estas molestando y hemos
venido a escuchar la palabra de dios.
El chico sonríe poniéndole la mano en el hombro.
-¿Qué esperas encontrar en la palabra de dios que no
sepas ya?
En ese momento entran en la iglesia dos policías
municipales que se dirigen al chico, este levanta las manos sonriente.
-¿Hay algún problema padre?-dice uno de los policías
al sacerdote, mientras el chico camina hacia la salida.
-No pasa nada, ese chico…Pero ya se va…
Al llegar a la puerta el chico se gira mirando a la
gente.
-La palabra puede volar por el aire y perderse en la
inmensidad, o puede calar en el corazón, pronto se os presentara la oportunidad
de demostrar hasta que punto ha calado esa
palabra en vuestro espíritu.
El chico abandona la iglesia, mientras la gente
murmulla, los agentes salen tras él para ver hacia donde se dirige, pero al
salir no consiguen localizarlo entre el gentío.
Miles de
personas se agolpan a las puertas de una iglesia más tarde, esperan impacientes
salir el paso al que veneran, el de una preciosa virgen María que espera en el
interior que varios hombres y mujeres encapuchados carguen con la pesada figura
para pasearla por las calles, este año el cielo ha sido misericordioso con
ellos y no ha dejado caer ni una gota de agua, es una tarde perfecta.
Tras muchos minutos de espera se abren las puertas,
el grito de júbilo es unánime, ya pueden ver a su virgen, con gran esfuerzo
cargan con ella y empieza el paso, mientras sale, un grupo de mujeres le cantan
alabanzas, la mayoría llora mientras el paso intenta hacerse hueco entre el
gentío, el fervor es cada vez mayor, desde los balcones, previamente cobrados a
precio de oro, famosos y pudientes observan la escena con fe infinita y bebidas
en sus manos.
Todo transcurre con normalidad hasta llegar a una de
las esquinas, sin saber muy bien de donde, el chico de la iglesia hace
aparición y con habilidad se sube junto a la virgen, el paso se detiene y la
gente empieza a silbar e insultar al muchacho que porta un enorme martillo en
sus manos, de los que se utilizan en la construcción, levanta su mano pidiendo
silencio, la gente sin saber porque le hace caso.
-¡Buenas gentes! ¿Por qué lloráis a una estatua?
Muchos vuelven a insultarle, y más de uno intenta
encaramarse al paso sin lograrlo.
-Hubo un tiempo en que las gentes veneraban
estatuas, y dioses diversos, y fue cuando la palabra de dios os fue revelada a
través de su hijo, ¿es que habéis olvidado la palabra de Dios?
El chico grita ante la gente que esta atónita,
muchos lo graban con sus móviles, otros le tiran latas y objetos insultándole,
una voz se impone ante las demás.
-¡Apártate de nuestra virgen, hereje, o te
apartaremos nosotros!
La policía intenta hacerse paso para llegar hasta el
chico.
-¿Es esta vuestra virgen? Estáis tan pendientes de
venerar a esta estatua que habéis perdido el sentido del enorme sacrificio que
un día hice por vosotros.
La gente calló de repente, las palabras de aquel
chico se clavaban como puñales en sus corazones.
-Yo soy el hijo de Dios…Como vosotros, y habéis
permitido que su palabra sea secuestrada por el poder, que os manipulen vuestra
fe anclándola a figuras y objetos de culto, y yo os digo, ¡¡¡Liberaos!!! Pues
Nuestro padre está en vosotros y en cada acción que realizáis, y cada vez que
le dais de lado a un necesitado, o rehusáis ayudar a un hambriento le dais de
lado a él…¿Es que no lo veis? Vosotros sois iglesia…¿Como derrocháis fuerzas y
dinero en esto? Cuando vuestro vecino está en la calle sin cobijo y sin
alimento, ¿que habéis aprendido hermanos de la palabra de mi padre? La
salvación no está aquí, no está en las lagrimas a una figura, está en vuestros
actos diarios, el amor a dios no está aquí, está en mañana, en pasado mañana,
en vuestro día a día, Nuestro padre os hizo libres, para amaros, para ayudaros,
no para ser encadenados al yugo del poder de la fe, no para moveros como marionetas,
el os hizo libres y vosotros os habéis encadenado a…a esto.
El chico mira la imagen de la virgen apretando el martillo
en sus manos, la gente empieza a gritar, algunas a desmayarse.
-¡Liberaos!
Con un golpe de martillo destroza la cabeza de la
imagen, algo que provoca que varios feligreses consigan volcar el paso, el
chico cae en medio del gentío, que lo apalea con el mayor odio que se puede
descargar sobre una persona, tras varios minutos de sangrienta paliza, la
policía llega hasta el lugar y consigue apartar a la gente, el chico esta en un
mar de sangre tendido en el suelo, casi no se le distingue la cara, desfigurada,
levanta sus brazos hacia el cielo.
-¡Perdónalos padre, porque no saben lo que hacen!
Después de varios minutos, las ambulancias se
suceden, muchas atendiendo casos de desvanecimientos y ataques de ansiedad, al
chico se lo han llevado hacia el hospital en estado crítico.
Las imágenes y los acontecimientos vividos ese
viernes santo dan la vuelta al mundo, titulares como “Un loco ataca la semana
santa” o “miles de creyentes lloran la destrucción de su virgen” copan los
informativos, condenas de la santa sede y del gobierno se suceden, el papa es
aclamado tras pedir públicamente el perdón al chico al que tilda de enfermo.
En el hospital, en estado crítico el agresor de la
estatua de la virgen se debate entre la vida y la muerte durante tres días,
tras ello fallece, para jubilo de muchos que ese día presenciaron como su amada
Virgen era ultrajada.
Pasaron meses y la estatua fue restaurada con la
aportación de miles de personas que pusieron su dinero para ello, muchos de
ellos en paro, o incluso con dificultades serias para llegar a final de mes y
un año después su amada Virgen volvió a salir a la calle, para gozo de sus
seguidores que volvieron a llorarla y a vitorearla.
El cuerpo del chico fue enterrado en un nicho pagado
directamente por la iglesia como muestra de su
perdón y su misericordia, y el domingo de ramos una comitiva de la
iglesia fue a visitar el nicho para colocar una lapida sin nombre, entre ellos
una cámara de televisión que retransmitiría el acto, pero al llegar se
encontraron el nicho abierto y nada en su interior.
La versión oficial fue que el cuerpo fue robado por
gentes que buscaban venganza, lo cierto es que el cuerpo ya no estaba, dentro
del nicho solo quedo una sabana sucia de sangre seca que al ser desplegada
parecía dibujar la silueta del chico.
