No escuchaba ningún ruido, y eso hacía que estuviera más nervioso,< ¿Quizá la batalla había acabado>
mientras intentaba respirar algo de aire entre el humo, y recobrar fuerzas recordaba como tan solo una hora antes había comenzado el ataque, aquellos Gorantios llegaron a la ciudad con decisión, los vigías murieron antes de poder avisar, entraron en las calles de Lauriter como un vendaval, sin piedad, sin miramientos, sus terribles golpes de espada cortaban la carne y segaban la vida de todo lo que se les interponía, mujeres, niños, comerciantes, soldados. Un rio de sangre bañaba las calles.
El soldado intentó andar, pero una herida en el muslo se lo impedía, el dolor era terrible y cayó de rodillas al suelo, sin soltar su espada y su escudo, miró al cielo y recordó como todos sus compañeros perecieron intentando parar a aquellas bestias, en aquel momento estaba solo, era el único superviviente, y nada podría hacer contra ellos si aún estaban en la ciudad.
Desde que los Dragones desaparecieron de la tierra Madre, el optimismo en una vida de paz había corrido por los pueblos de los Líndaros, y durante muchos años así fue, eso provocaba más dolor al soldado que no comprendía porque en aquel momento los Gorantios habían decidido acabar con esa paz entre los pueblos de los hombres.
Poco a poco el humo fue desapareciendo, los cuerpos amontonados de decenas de personas se agolpaban en las calles, a unos metros del soldado un Gorantio respiraba con fuerza de pie, con una gran espada en su mano, el soldado lo miró aterrorizado, era enorme, su tamaño duplicaba al de un Líndaro, reunió las fuerzas que pudo y se levantó del suelo, empuñó con fuerza su espada y se afianzó el escudo, aún sabiendo que no tenía nada que hacer contra aquel monstruo debía armarse de valor, era un soldado de Lauriter, del reino de Ertha, y si debía morir, lo haría erguido.
El Gorantio dio un fuerte grito que hizo temblar al soldado y se lanzó contra él, con pocos pasos ya se había colocado a poca distancia, levantó su espada con las dos manos para partir por la mitad a aquel soldado Líndaro, pero se detuvo en seco, abrió sus ojos con fuerza y un hilo de sangre apareció en la comisura de su boca, empezó a temblar cayendo de rodillas ante el soldado, que aprovechando la situación asestó un golpe con su espada cortándole la cabeza.
Un grupo de soldados aparecieron por las calles, eran soldados del Rey Ergan, y él mismo los comandaba, con su armadura de plata y la flor del soldado grabada en su pecho, se acercó al soldado que, bañado en la sangre del Gorantio, se mantenía erguido.
-Bravo Soldado, ¿le haréis un último favor a tú rey?
El soldado agachó levemente su cabeza antes de contestar.
-Lo que mandéis mi señor.
-Decidme, ¿Cuántos eran los Gorantios que atacaron?
El soldado parecía algo avergonzado, pero contestó titubeante.
-No más de veinte, mi señor.
-Bien, te prometo que pagaran el daño que os han infligido.
El Rey levantó su brazo y se alejó a galope por las calles de Lauriter, con sus caballeros siguiéndole.
El soldado se relajó entonces, pero un desasosiego creció en su corazón , tiempos convulsos estaban a punto de volver a asolar aquellas tierras, justo cuando casi habían olvidado los tiempos en que los Cinco Dragones gobernaban sin piedad.
